martes, agosto 01, 2006

Paraguas


Una corta bocanada de humo salía por los labios de Alejandro, mientras una lágrima furtiva se escapaba de su ojo izquierdo para rodar por su mejilla y depositarse en sus labios. Su puño izquierdo estaba tenso, apretado, evitando que otras lágrimas acumuladas sobrepasaran la frontera de sus ojos y delataran la rabia. Su mano derecha acariciaba rítmicamente el cabello de Carol. Ella nunca se dio cuenta de la lágrima. Estaba tan sola, tan necesitada de él que no podía percatarse que Alejandro ya lo había descubierto todo: era un simple paraguas en días de lluvia, un paraguas que sacas cuando vas a mojarte, un paraguas que guardas cuando el sol nuevamente asoma, que lo pones a secar y lo tienes listo para cuando vuelva a amenazar una llovizna. Alejandro había descubierto que él era un sitio para escampar solamente, un sitio seguro, un sitio firme pero, al fin y al cabo, un sitio transitorio y terriblemente pasajero. Alejandro quería más, siempre había querido más.

Alejandro era un ambicioso por naturaleza, competitivo, aunque preso de vicios que enturbiaban su mente y hacían pesado su carácter, con ellos podía calmar su alma íntimamente pesimista y triste, su egoísmo y un ego que aparentaba tenerlo todo pero que, en el fondo, tenía muy poco, no tenía a Carol, no la tenía tal y como él la quería: completa, no como un simple momento de pasión, más que un buen rato de sexo loco, lento y eficaz a la madrugada. El sexo entre ellos solucionaba la decadencia que ambos reconocían en lo íntimo de su ser: la decadencia conformista de Carol, la decadente ambición de Alejandro.

No muchos encuentros pasaron antes de que Alejandro empezara a ser preso de las caderas de Carol, de sus piernas asfixiantes, de sus pechos pequeños y firmes, hechos a la medida de sus labios curiosos. Un sábado de septiembre descubrió que el cuerpo de Carol era un hogar para él, que esos pechos jadeantes y erectos alojaban perfectamente su cabeza luego del coito y le hacían hablar de planes y proyectos que siempre la incluían a ella. Alejandro descubrió que aquellas caderas eran lo que lo ataban a la vida, que su sexo estrecho le hacían sentir instantes de felicidad que nunca sentía en su mundo de ejecutivos y números.

Alejandro era cada vez peor por Carol, era peor al saber que ella le consumía la vida, que sólo le tenía el cariño que se tiene por la mascota de la casa, que jamás llegaría a amarle, porque su amor estaba con otro, estaba en un pasado que siempre amenazaba con volver. Alejandro lo sabía y eso lo ataba aún más a sus vicios y a sus deseos locos de atrapar el mundo antes de los 30 años. Por su parte, Carol era peor al lado de Alejandro, la hacía sentirse una mala mujer, por utilizarlo conscientemente para matar a punta de jadeos y posturas esa maldita soledad, ese recuerdo doloroso de aquel chico que la hizo tan feliz pero que nunca entendió su amor inocente, que mató su alma con el amor negado.

Alejandro curó esa lágrima furtiva aspirando profundamente un par de líneas de polvo blanco. Ella esperaría un poco más, hasta tenerlo entre sus piernas y sentir un poco de calma convulsiva en su triste vida. Luego ambos se odiarían un poco más, por no poder ser otros, por no estar con otros, por estar secos y consumidos, por ser cáscaras vacías, por no tener ni puta idea de cómo completarse, cómo escampar de las lluvias torrenciales, cómo protegerse del largo invierno que crujía en sus vidas, como crujen los rayos cuando se acercan a la tierra, sin tocarla, sin involucrarse, sólo iluminándola… sólo un momento.

5 Comments:

Blogger Costennita said...

un paraguas? ... se puede amar alguna vez a uno?

martes, agosto 01, 2006 1:27:00 p. m.  
Blogger AZUL said...

Siempre que nos cubra de las tempestades de nuestra propia humanidad...

Muy chulo, bikos.

martes, agosto 01, 2006 1:56:00 p. m.  
Blogger Bigollo said...

En pocos blogs podemos encontrar letras tan interesantes como las tuyas. Me ha gustado mucho lo que encontré aquí, en especial
"...mientras una lágrima furtiva se escapaba de su ojo izquierdo para rodar por su mejilla y depositarse en sus labios. Su puño izquierdo estaba tenso..."
Esa forma de jugar con la relación espacial es muy "glamurosa" (no encontré otro adjetivo).

Saludos y sé que volveré por aquí pronto.

martes, agosto 01, 2006 5:00:00 p. m.  
Blogger ALICIA/AZUL said...

quien no ha estado en los zapatos de Carol y Alejandro....y cómo no si ese es el teatro que implica eso llamado AMOR!!!y los paraguas.....protegen pero no son eternos....y es que sin duda hay que mojarno, empaparnos, para saber lo rico de una lluvia, de bailar bajo de ella, de que te penetre hasta las amigdalas.....de sentir su frío y enfermedad....sino que sentido este andar llamado vida!!!

miércoles, agosto 02, 2006 11:31:00 a. m.  
Blogger CRONICAS VALLENATAS said...

Tiempo si pasar por aquí.

Impactante escrito.

Un abrazo desde la Perla del Otún.

JAIME HUMBERTO MEDINA MEDINA

miércoles, agosto 02, 2006 4:25:00 p. m.  

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