
El la conoció en el trabajo, era un muchacho, en su primera experiencia laboral, arrollador, con ganas de devorar el mundo, con ímpetus de vida que bramaban por su ser, era inteligente, culto, interesante, y con halo de inocencia e inexperiencia especial. Ella, la Señora, una mujer íntegra, de unos 47 años, El jamás supo su edad exacta, jamás se atrevió a preguntársela. Ella casada, con un hombre a quién le regalo su primer beso, su virginidad, el primer y único amor. Su esposo, hombre gordo y descuidado, con una prominente papada que rellenaba su rostro y hacía imperceptible su cuello. Era un hombrecillo indiferente, seco, malvadamente corriente.
Él miraba a la Señora con una increíble curiosidad. Miraba a sus dulces ojos maduros, sabios, hechos de un material que solo la espera infinita da. Unos ojos que no tenían el brillo suficiente que caracteriza a las mujeres felices, plenas, satisfechas, amadas y que aman. El la miraba y contemplaba su cuerpo protegido con sacos, con faldas largas, vestidos prudentes y tímidos, que escondían una figura que a la vista era atractiva, una mujer bien constituida, cabello a los hombros castaño tinturado, para esconder las canas que delatarán más su edad.
Ella lo miraba. Admiraba su inteligencia. Imaginaba teniendo 20 años menos y conociéndolo. Estando con él. Su inocencia y juventud lograban excitarla un poco, aunque no lo reconocía por una culpa religiosa que invadía su mente. Largos años de deseo ahogado por un esposo insensible habían sido sublimados en la oración, en la Iglesia, en el amor a los hijos, sobre todo a su hijo mayor, un muchacho vivaz, de la misma edad que El.
Él y Ella empezaron a hablarse. Un morbo inconsciente rodeaba sus miradas. El deseaba penetrar ese montón de ropa larga y fina para saber qué escondía aquella interesante mujer. Ella deseaba contarle de su triste vida: de las mil veces que había deseado hacer el amor y se había encontrado con un inapetente esposo, con un frío amante, o con un rutinario cerdo, o de las tantas veces que deseaba una muestra de ternura. El y la Señora salían una que otra vez a tomar un cafe al lado del su sitio de trabjo, con el pretexto de la mutua admiración profesional, con el cariño disimulado de una madre hacia su hijo, de una maestra con su joven aprendiz. Ella le contó sus infelicidades, sus tristezas profundas con aquel único hombre que la hizo madurar demasiado rápido, que no le permitió vivir más, conocer más hombres, que hizo que su juventud pasará con la velocidad de un rayo que toca la tierra y jamás vuelve al mismo sitio. Ella le contó que 25 años atrás pensó hallar al amor de su vida, cómo creyó tenerlo todo, cómo se ilusionó con un hombre que prometió y no tardó en incumplir, de cómo el matrimonio es "tragarse muchos dolores" y aplazar una y otra vez esa esperanza de ser feliz, de cómo la rutina es como un sopor que inunda el cuerpo y lo hace envejecer, día tras día, imperdonablemente. Le contó de su mayor culpa: no haber vivido más.
El y la Señora salieron cierto día. Después del trabajo, al mismo cafe. Hablaron largamente. Él sintió como aquella mujer se hacía más y más hermosa, como si sus años y su experiencia fueran un manantial que El quería disfrutar. La Señora lo vio a El deseable, admiraba su ternura, sus apuntes de humor negro, negrísimo, deseó beber de su juventud, embriagarse de ella, retroceder el reloj y hacer algo que dejó de hacer hace 25 años, borrar las tiernas arrugas de su cara con aquel muchacho loco e inteligente. Se besaron, una mezcla de culpa y deseo estaban el ella. Una mezcla de deseo y admiración estaban en él. Se besaron apasionadamente, y sin pensarlo dos veces El se lanzó y la invitó a un hotel cercano.
El y Ella se comieron a besos. El y Ella se desnudaron. Ella sentía un poco de vergüenza por su cuerpo, pero nada que El no pudiera solucionar con besos y perversos mordiscos en sus zonas imperfectas. El fue demasiado tierno. Ella sólo recibía, necesitaba sus besos y sus caricias suaves, inteligentes, divertidas que empezaban a colmar tantos años de indiferencia. Ella se sintió hermosa. El admiró el cuerpo de la Señora, decadente y hermoso, más hermoso cada vez, tomaba vida cuando El lo recorría. Ese cuerpo necesitado de juventud fluía, respondía, emanaba, resucitaba con cada movimiento del aquella noche de sexo. El la sintió despertar, con furia, con deseo, con rabia. El la sintió complacerse, vivir, creer de nuevo. La Señora lo sintió, tan joven, lo quiso todo con El, no quería desaprovechar nada, era un momento único, de atraparlo todo, de no desechar nada, de darse el lujo de ser salvaje, de ser indecente, de tomar lo que no había recibido antes. El y Ella se hicieron el amor, una perfecta coreografía de un tango visceralmente sexual. El se desquició con aquella Yocasta, sentía la más exquisita complacencia en imaginar que podría ser su hijo. Ella disfrutó como nunca de su niño Edipo, sentía ese fuego por dentro al pensar que El tenía la misma edad que su hijo. A la Señora no le importó nada, no le importó saber que confesaría este pecado, que rezaría pidiendo perdón, sólo acaparó ese instante. Ella lo atrapó a El con una fuerza condenada, no quería dejarlo salir de sí. El penetró los años de Ella, los hizo suyos, los poseyó salvajemente, le excitaba verla tan joven, tan dispuesta, tan liberada. Sí era esa misma Señora bien puesta de vestidos tímidos, esa Señora estaba en él gimiendo del más puro placer, ardiendo de juventud, atrapando vida, más vida, la dulce vida, empezando a acompañar su terrible soledad por una lujuria complaciente. Fue una larga noche...
Se despidieron. Se volverían a ver. Ella con una extraordinaria mirada brillante, con vida, con una luz que no tenía antes, ya había comenzado a ser pícara. Mientras tanto El deseaba otra noche… aún sabiendo que probablemente terminaría por sacarse los ojos.
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Pintura por John Singer Sargen "Agnes"